¿Para qué sirven los partidos políticos? La ilusión de la representación popular - La Jornada Jalisco
Usted está aquí: jueves 22 de febrero de 2007 Política ¿Para qué sirven los partidos políticos? La ilusión de la representación popular

¿Para qué sirven los partidos políticos? La ilusión de la representación popular

MARIO EDGAR LÓPEZ RAMÍREZ

Foto: Los partidos políticos no representan a nadie más que a su propio grupo y utilizan la lógica de la elección como una herramienta de legitimación
Los partidos políticos no representan a nadie más que a su propio grupo y utilizan la lógica de la elección como una herramienta de legitimación Foto: CARLOS RAMOS MAMAHUA

Es motivo de celebración para los ciudadanos que un partido político renueve su dirigencia y se comporte democráticamente? La respuesta puede tomar dos sentidos: si lo que se busca es alimentar la ilusión popular de que los partidos políticos representan a los ciudadanos, se podría contestar que sí; pero si se parte desde una perspectiva realista, la respuesta es que no hay mucho que celebrar, ya que los partidos políticos no están diseñados para representar a la ciudadanía, sino para organizar la competencia entre los grupos y para legitimar socialmente a la clase política que detenta el poder. Fortalecer la estructura interna de un partido político, implica mucho más reconfigurar el equilibrio de fuerza entre las élites, que favorecer a una mejor representación de los ciudadanos. El tema de la representación es complejo y mucha tinta ha corrido alrededor de él, pero basta comprobar la distancia sostenida y continua que existe entre los supuestos representantes populares y sus representados, para dudar de que los primeros sepan realmente cuál es el interés de los segundos, lo cual implica dudar de que haya representantes verdaderos.

Incluso en las democracias más desarrolladas, el número de consultas, de audiencias y de charlas, entre representantes y representados es casi inexistente, a menos que se trate de temas muy relevantes, que necesiten verdaderas cargas de legitimidad social para no generar conflictos. Son esos los casos en los que aparecen mecanismos como el plebiscito o el referéndum, pero son también casos excepcionales. Muy pocos son los representantes que tienen una ventanilla permanente de contacto con sus votantes para determinar qué es lo que a éstos les interesa, o para decirlo en otras palabras, para saber qué es lo que, supuestamente, deben representar ante las instancias del gobierno a las que los ha enviado la elección popular. Por otro lado, a menos que se trate de miembros de la cúpula de los negocios, el ciudadano común, tampoco se plantea como una posibilidad realista reclamarle a su representante las fallas en la representación de sus intereses particulares. En conclusión: los partidos políticos no representan a nadie más que a su propio grupo y utilizan la lógica de la elección como una herramienta de legitimación.

Tanto representantes como representados conocen el juego –y entenderlo es prácticamente un asunto de sentido común–, lo interesante es que cuando en la arena pública se les pregunta a los ciudadanos acerca del papel que los partidos políticos juegan en sus vidas, la respuesta es de cliché: los partidos políticos representan los intereses del pueblo, se señala con convicción. Se trata, pues, de un efecto propagandístico muy eficiente. Para decirlo en términos técnicos, se educa a la ciudadanía para pensar que los partidos políticos son intermediarios entre las demandas sociales y las acciones de gobierno y así los partidos vienen a constituirse en pivotes de la relación dual dada entre gobernantes y gobernados; esta relación que se establece entre el volumen de las demandas de los ciudadanos y la capacidad de respuesta del Estado. Lo que en realidad sucede es que esta ilusión se mantiene y se promueve, porque es parte de una necesidad de justificación del poder.

Tal como lo señalaba el politólogo italiano Gaetano Mosca, a principios del siglo XX, “la soberanía popular es sólo una fórmula política”, es decir, es parte de un conjunto de creencias aceptadas que le otorga a la clase política un fundamento de legitimidad y que hace de un poder de “hecho” un poder de “derecho”, esto es, de un poder que pudo haber tenido su origen únicamente en la fuerza, un poder que será obedecido no sólo por temor sino también por respeto. En ese sentido, ni siquiera el sufragio –la emisión del voto– es un mecanismo eficiente de representación popular, tanto como lo es de justificación para que exista una minoría gobernante. Siguiendo de nuevo a Gaetano Mosca: “un observador concienzudo puede comprobar fácilmente que una elección popular, aun cuando el sufragio sea amplio, no es por lo común la expresión de la voluntad de las mayorías”. El voto no es, por lo tanto, un derecho sino una función de apoyo a la existencia de grupos que se disputan el poder.

Entonces ¿para qué sirven los partidos políticos?, el tema es central para la ciencia política, lo que significa que si toda la teoría de la representación popular fuera verdad, no habría necesidad de estar investigando y analizando esta cuestión: sería claro para qué sirven los partidos políticos. Pero los politólogos responden, los partidos políticos sirven para:

Conocer la distribución de las preferencias de los ciudadanos; organizar la distribución de los recursos entre los grupos políticos; establecer las reglas de la competencia por el poder y sus restricciones; determinar quiénes son los actores que tienen legitimidad para jugar, y definir el número de grupos participantes en las contiendas.

Además de otras funciones por el estilo que sólo retroalimentan el juego a nivel de la cúpula. Ante esto ¿tenemos los ciudadanos algo que celebrar cuando un partido político habla de renovación, de reformas hacia el siglo XXI, de mayor democratización interna, etcétera?, la oferta es seductora, pero desgraciadamente tenemos poco, muy poco, que celebrar.

 
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