El servicio en la ventana de los vehículos, lo cotidiano; el regateo, parte del trato
¿Necesita medicina?, la pregunta habitual a los transeúntes que circulan por El Santuario
Los operativos realizados por la PFP y la AFI, mero paliativo al tráfico ilícito de muestras
Sólo es necesario acercarse a la calle Pedro Loza, justo a un costado de El Santuario, en la misma cuadra de las famosas tortas, para que al menos una docena de personas ofrezcan los medicamentos que guardan en cocheras improvisadas como bodegas, en el interior de algunas casas o de plano en locales que funcionan como improvisadas farmacias; dos operativos en los que intervinieron casi 300 elementos de la PFP y la AFI en una misma semana y el decomiso de 12 toneladas de medicamentos apenas sirvieron como paliativo para este “dolor de cabeza” de las autoridades.
Aquí no se necesitan recetas ni discreciones, la calle es concurrida y sin ninguna preocupación los comerciantes de medicinas abordan a los transeúntes o a los autos: “¿necesita medicina?” –preguntan abiertamente. Un carro reduce la marcha, un peatón se acerca a cualquiera de los vendedores, hombres la mayoría, jóvenes casi todos.
Cuando se hace el contacto la pregunta obligada: “¿Qué necesita?”
El automovilista no necesita bajarse del vehículo, alguien lo atenderá por la ventanilla, el peatón espera paciente, recargado en alguno de los carros estacionados, bajo la sombra de un árbol o en el interior de alguno de los “comercios”.
Medicinas de laboratorios, genéricos, paliativos, cualquier cosa que pueda conseguirse como “muestra médica” o a través de algún programa de promoción del producto. El vendedor hace memoria y en pocos segundos tiene la respuesta.
–Ahorita se lo consigo.
–¿Y cuánto cuesta?
–Barato joven.
En general los medicamentos de laboratorios son mucho menos costosos que en cualquier farmacia, hasta 100 pesos por debajo del precio comercial, pero lo genéricos pueden valer el doble. La mayoría de las cajas llevan la leyenda que prohíbe su venta, algunas, incluso, ostentan una fecha de caducidad vencida.
El negocio es familiar, dentro de una cochera madre e hija cuentan y ponen en orden varias cajas de cartón que contienen varios tipos de medicina; lo clasifican y lo colocan en los anaqueles de las orillas. El anaquel está lleno de muestras.
Buscan lo que se les pide, abren más cajas para inventariar su contenido.
–No lo tengo aquí, déjeme ir a buscarlo –dice la madre y sale a la calle para abrir la puerta contigua y entrar en otra casa. Minutos después regresa con la medicina solicitada. Si se negocia incluso se puede obtener una mayor rebaja, el regateo es parte de lo cotidiano, no hay lista de precios establecidos.
Los cateos del martes y el jueves pasado les quitaron una buena cantidad de mercancía pero no lograron encontrar toda la que tenían.
–No pasa nada, ellos se llevan algo y nosotros conseguimos más –dice otro de los vendedores.
Si se es cliente confiable incluso el trato se puede hacer por teléfono, es cuestión de llamar para encargar lo que se necesita y acordar el precio, entre más se pida el costo puede ser menor.
Todos saben lo que ahí sucede. Una patrulla de la Policía del Estado pasa lentamente y nadie oculta nada. “¿Quieren medicina?”, preguntan los vendedores a los uniformados que sólo devuelven una mirada indiferente.
Concretar la transacción es cuestión de minutos, de preguntar y pagar. Nada más. Si alguien no tiene el medicamento deseado, en la siguiente puerta otra persona está dispuesta a buscarla. “¿Le faltó algo? ¿Encontró todo?”.