Inauguraron en la casa que habitó en Zapotlán El Grande el primer Coloquio Arreolino
Rinden homenaje a Arreola en el 90 aniversario de su nacimiento
La filosofía, el pensamiento y las creencias de Juan José Arreola iluminaron ayer la casa que habitó en Zapotlán El Grande. Familiares, amigos, intelectuales y los habitantes del municipio se dieron cita en el homenaje por el 90 aniversario de su natalicio. En un cálido homenaje, se presentó una nueva edición de La Feria y se inauguró el primer Coloquio Arreolino, que se extenderá hasta el 27 de septiembre.
Orso Arreola, hijo del autor, explicó que la casa tiene su espíritu y representa la voluntad creadora de un escritor de Zapotlán. “Es un recinto para los escritores de Jalisco y de México. Este día la casa cumple su mayor vocación, porque realizar el primer Coloquio Arreolino ha representado un trabajo excepcional porque hemos solicitado el apoyo de los estudiosos de su obra. Hay una parte de la vida de él que no se ha hablado, que es su humanismo. Antes de ser escritor fue un maestro y tuvo una vocación natural”.
El profeta
La académica Sara Poot Herrera, quien fue amiga del autor de Confabulario, sedujo con su ponencia Gracias y desgracias de los personajes de La Feria a los presentes a leer o releer la novela, sobre la que dijo: “sirve de coyuntura del pasado y del presente y se traza surcos, fragmentos que se juntan en la gozne de una creación en cuyas hojas gira el calendario, la feria de Zapotlán”.
Los personajes, explicó, son tan excéntricos que son vistos como si fueran bichos raros, los hay normalitos, que no tienen pena ni gloria, y hay de los que no se sabe si son más locos que tontos, más tontos que nada o de plano son locos de remate. Varios personajes, los marginados, crean mundos aparte y se muestran ajenos y diferentes a los demás. Otros, la mayoría, burla la autoridad a su manera, la desafían y lo hacen desde una subversión sexual que se manifiesta individual y colectivamente.
“Este tipo de personajes, y lo que dicen y se dice de ellos, dan el toque de gracia a la novela, que coloca en el centro la marginalidad y la sabiduría del decir popular y poético que la caracteriza”.
Los personajes de Arreola, señaló, tienen la gracia de ser tratados con un tono festivo en la narración, los diálogos resultan igualmente divertidos, de lo que resulta una cotidianidad pueblerina muy saludable. Tal pareciera que nadie se toma en serio, y si lo hacen, la seriedad se convierte en ironía.
“También había desgracias en La Feria. La voz del natural desdice ‘nuestra desgraciada patria’. Personajes poderosos denuncian que los tlayacanques piden dinero con amenaza de muerte, también hay falsos secuestros, chivos expiatorios, cómplices engañados, intentos de meter a la cárcel a los indígenas en su eterno pleito por la tierra, y hay tráfico de influencias, arrestos injustos, también hay armas, rifles y escopetas.
“Sobre todo la desgracia, el final de la novela. Nadie podía haber previsto lo que sucedió esta noche, yo había puesto ‘en Michoacán’, pero aquí se trata ‘en Zapotlán’, última de la feria, a las 12 en punto. Todo el pueblo estaba reunido en la plaza rodeando el inmenso castillo, pirotécnico, orgulloso de todos nosotros y símbolo de la fiesta. Justamente en el momento en que se iba a dar la orden para que fuera encendido, irrumpió una pequeña banda de desalmados, nadie pudo darse cuenta de quiénes eran y cuántos.
“En caso de instantes bañaron de petróleo la base de las cuatro torres que sostenían la plataforma desde donde se alzaba el castillo principal y le prendieron fuego. La gente huyó despavorida. El estallido fue total y completo, como el de un polvorín.
“Si con el avión incrustado en el gran edificio en la obra de teatro La hora de todos, Arreola se adelantó al 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, y con su frase certera ‘cada hombre es una bomba a punto de explotar’, prendió imágenes de hombres bomba, con La Feria y sus desgracias, secuestros, armas, cabezas decapitadas, tráfico de influencias, su intuición le permitió ver a distancia, prever lo sencillo del siglo XXI (…). Arreola es profeta y tiene la profecía del poeta”.
El retrato de su rostro poco comentado
Vicente Preciado Zacarías, autor de Apuntes de Arreola en Zapotlán, también amigo y “su último discípulo”, abordó la teofanía en la obra arreolesca, es decir, la presencia de Dios en sus textos y destacó que Arreola fue un gran lector de Biblias.
“En comunicación personal, Juan José se consideraba maniqueo, gnóstico y panteísta. (…) La primera teofanía en el orden cronológico de creación en Arreola está en el cuento Pablo, es el relato más trabajado de toda su obra. Inicialmente era una carta a su doctor y amigo. Pablo es un pobre y melancólico oficinista que tiene una crisis a partir de dudas existenciales. Intenta hacer contacto directo con Dios, en demanda de una explicación. Dios se le expresa a través del lenguaje silencioso de los seres de la naturaleza. Pablo no resiste la manifestación divina y sufre un impacto estético, una desintegración de su ser. Una mañana se suicida mientras el sol brilla con un extraño esplendor.
“La segunda teofanía en el mismo orden está en el cuento El silencio de Dios, también en Confabulario. En este relato hay un Dios en tránsito. Es un Dios intemporal, inmerso en la eternidad, no como un torbellino que acomete a Job, sino como un soplo de viento joánico que discurre y transita por las estancias del silencio, en donde a su paso lee una carta que el autor le ha escrito mostrándole sus dudas e inquietudes.
“En La Feria hay una sola teofanía, y ésta se nos presenta como reflejario en un espejo, como dicha por una tercera persona. Es Jesús de Nazaret el que habla.
“Parafraseando a Proust, podemos decir que Arreola fue el escritor en busca de Dios perdido, pero su empeño por encontrarlo a partir de la memoria, la angustia y la necrosis, le dio resultado. El día de su muerte, una muerte apacible, dulce y serena, el Dios de sus prosas precisas y preciosas, tal vez vino por él, tal vez lo tomó de su mano, y tal vez se lo llevó a depositarlo en el misterio de su eternidad”.
El silencio
Por su parte, Felipe Vázquez, quien escribió Juan José Arreola, la tragedia de lo imposible, abordó el desafío de un escritor frente a la página en blanco, se explayó sobre el escritor comprometido que fue Arreola y explicó su “silencio”.
“La obra de Arreola nos provoca una sensación faraónica. Primero sentimos que nadie como él estaba dotado para escribir una gran obra, pues en cada texto suyo asoma el genio, la imaginación se despliega en infinitas posibilidades creativas… Su escritura está asistida por la gracia.
“El periodo de creación literaria de Arreola abarca 25 años. Arreola cumplió 30 años de no escribir literatura. ¿Por qué digo de escribir? He demostrado cómo desde el principio su escritura fue habitada por el silencio y cómo desembocó en él. Si la escalera del silencio es ascendente en los místicos, en Arreola ha sido descendente. Llegó al silencio en medio del mundanal ruido. Pero no podemos negar que construyó dicha escalera merced a una conciencia extrema de lo que significa escribir. En los últimos escalones incluso, adivinamos el horror sacado de quien se sabe que desembocará en el silencio.
“En ninguna otra época el silencio de los escritores ha sido tan significativo y enigmático. Significativo porque su renuncia a la palabra dice, es un decir antiguo y extraño, alzado por un silencio sonoro, cuya resonancia ilumina de modo vertical su obra escrita. Enigmático porque podemos explicarlo en el contexto y la dialéctica del arte moderno y aunque el autor mismo reflexione con lucidez y hondura sobre esa imposibilidad esencial, es siempre un misterio que un elegido por el verbo renuncie al verbo.
“¿Por qué esa necesidad de huir de la escritura? (…) Quizás fue cuando decidió por disfrazarse de palabra para sostenerse de la amenaza de la escritura. Además al carnalizar el lenguaje y volverse un personaje social, evitaba ser cuestionado por sus críticos, quienes pedían una respuesta al por qué del silencio”.