Soler Frost devela las tribulaciones de un emperador sujeto a otras voluntades - La Jornada Jalisco
Usted está aquí: domingo 18 de julio de 2010 Cultura Soler Frost devela las tribulaciones de un emperador sujeto a otras voluntades

La soldadesca ebria del emperador, un diario sobre los vaivenes de la pasión

Soler Frost devela las tribulaciones de un emperador sujeto a otras voluntades

El narrador toma la vida del último regidor de Bizancio como pretexto para su nuevo trabajo

RICARDO SOLÍS

A la manera de un texto recobrado de otra época, la más reciente novela del escritor mexicano Pablo Soler Frost, La soldadesca ebria del emperador: Diario de Miguel III (Editorial Jus, 2010), repasa en primera persona las desventuras del último regidor de Bizancio perteneciente a la dinastía de los amoritas.

Coronado desde los tres años de edad y célebre por su conducta licenciosa, Miguel III evoca los últimos años de su vida, marcados por la veleidad política, su falta de autoridad y su cercanía para con los caros placeres de la comida, la bebida y el “amor que no se atreve a decir su nombre”, tal como diría el escritor irlandés Oscar Wilde, varios siglos después.

Breve, segmentado en anotaciones que permiten acercarse al espíritu atribulado de un monarca que vivió en tiempos cismáticos y, se dice, oscuros, este “diario” representa un atisbo a la personalidad de un joven emperador siempre bajo la autoridad material de otros, primero su propia madre, luego su tío y, finalmente, la de su propio amante, un “hombre de caballerizas” venido –se relata– de Armenia y que, después de desposar a la propia “preferida” de Miguel III, conspira y asume el trono tras la muerte del Beodo (el mote que la tradición le ha legado) para dar inicio a lo que la historia oficial consigna como la dinastía de los macedonios.

Pero, por supuesto, La soldadesca ebria del emperador no hace sino tomar distancia suficiente de los hechos propiamente históricos para permitir al lector un acercamiento a las vicisitudes de un joven educado y propenso a la reflexión, alguien cuya pasión por los libros, el arte, el vino y el hipódromo (y los varones atractivos también, claro) le lleva a la indecisión e incompetencia en el ámbito político y, asimismo, a ser “utilizado”; no sin percibirlo, en cierta medida, pero con el suficiente desinterés como para, informado, tomar poca parte en las acciones materiales que determinaron el funesto futuro de su propia estirpe.

Así, es la pasión erótica la que semeja el cauce por donde se conduce la vida de Miguel III. Bajo el imperio del deseo, la constante es un yo que padece y se somete al dictado tiránico de Eros.

Por otra parte, a nivel contextual, no puede reprocharse a Soler Frost su meticulosa lista de referencias bibliográficas, su denodado afán por colocar la clave de su ejercicio imaginativo al amparo de un mundo en el que, para la clase “educada”, la reflexión implicaba el conocimiento de la antigüedad clásica, el cristianismo (en una era inestable y turbulenta) y el desarrollo de los pueblos a través de conflictos bélicos.

Una voz. Eso es lo que el lector tiene oportunidad de apreciar a lo largo de las poco más de cien páginas de La soldadesca ebria del emperador. Asimismo, una suerte de encarnación del personaje, un individuo que –como se anota– no tuvo el tiempo suficiente para hacerse hombre y, en consecuencia, lo pierde todo.

En estos vaivenes de la pasión, Miguel III va desde el aprecio consciente de la iconografía cristiana del primer milenio después de Jesucristo, hasta el sucumbir ante la contemplación y el deseo que despierta en él su propio sexo.

Con todo, la historia nos conduce a través de un periodo de pocos años que determinan la caída de su dinastía y su transformación progresiva que conlleva a la aceptación del destino; aceptación no exenta de comprensión y desplantes que le arrebatan.

Intensidad, es ese el término que describe el lenguaje condensado por Pablo Soler Frost que paso a paso nos da cuenta de los hechos.

Prosa precisa que no evita contaminarse de emociones y de aprovechar la distancia histórica para permitir a la imaginación conducirse a través de sus borrosas grietas.

 
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